Bambú Vivo

Un equipo pequeño que decide con las manos en el taller

Detrás de cada botella compostable de bambú hay un grupo reducido de personas que mezcla, prueba y corrige hasta que el objeto funciona en el uso real.

Trabajamos con proveedores de fibra de bambú y bioplásticos de origen vegetal, medimos espesores, revisamos cómo cierra cada tapa y anotamos qué pasa cuando la botella se llena, se cae o se queda al sol. Esa rutina de ensayo y error es lo que sostiene la coherencia entre el rendimiento diario y el destino final del envase.

Por qué existe Bambú Vivo

Empezamos a trabajar en esta botella porque nos incomodaba una escena que se repite cada fin de semana: senderistas y ciclistas que llenan su cantimplora en casa y, a mitad de ruta, compran una botella de plástico que termina en cualquier papelera. No íbamos a resolver el problema del plástico de un solo uso con un objeto más bonito, pero sí podíamos ofrecer un recipiente que acompañe el uso diario durante años y que, al final, vuelva a la tierra sin dejar rastro.

Un ciclo que se cierra

Nuestro trabajo consiste en observar el recorrido completo del envase: de dónde viene la fibra de bambú, cómo se mezcla con bioplásticos de origen vegetal, qué espesor aguanta el traqueteo de una mochila y qué ocurre con la botella cuando ya no sirve. Cada ajuste de tapa, rosca o junta responde a esa misma pregunta: que el objeto rinda en el uso cotidiano y que, después, se degrade en condiciones de compostaje industrial sin convertirse en un residuo persistente.

Qué esperamos que notes

Quien usa una de nuestras botellas no debería notar una renuncia. Debería notar una superficie mate color arena que no resbala, una tapa que cierra bien y un peso que no pesa en la mochila. Y, más adelante, cuando llegue el momento de despedirse del recipiente, la tranquilidad de saber que no va a quedarse siglos en un vertedero. Esa coherencia entre lo que se siente al usarlo y lo que ocurre después es, para nosotros, la razón de ser del proyecto.

Con quién trabajamos

Las botellas de bambú no salen de una sola mesa. Detrás hay talleres de prensado, proveedores de bioplástico PLA, laboratorios que verifican la compostabilidad y espacios que prueban el producto en su día a día. Estas son las colaboraciones que sostienen el proyecto.

Taller de prensado de fibra vegetal

Un obrador pequeño en Misiones que trabaja la fibra de bambú en prensas de baja temperatura. De ahí salen los cuerpos con acabado mate color arena y los espesores que después ajustamos según el uso real.

Proveedor de bioplástico PLA de origen vegetal

Nos entrega el ácido poliláctico que recubre el interior de cada botella. Es la pieza que evita que la bebida toque la fibra y la que permite que el envase se degrade en condiciones industriales de compostaje.

Laboratorio de ensayos de compostabilidad

Verifica tiempos de degradación, temperatura y humedad controladas sobre muestras de cada lote. Sin ese informe no damos por cerrado un modelo, aunque la forma y el tacto ya estén resueltos.

Refugios de montaña y rutas de senderismo

Puntos donde el recipiente se usa a diario: agua fría en trayectos largos, golpes en la mochila, sol directo durante horas. Sus devoluciones sobre tapas y roscas son las que más han cambiado el diseño final.

Cooperativa de estuchería en tela de algodón

Cose los estuches donde viajan las botellas y los cubiertos reutilizables. Tela cruda, costura reforzada y lavable con el resto de la ropa, sin añadir plásticos al conjunto.

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